Ciertamente extrañaba la lluvia, y vaya que ha llovido. No puedo hacer más que relajarme al escuchar el agua caer sobre el suelo y las ramas secas de un árbol mutilado, chocando contra la ventana y mojando a todo aquel que la desafía corriendo debajo de ella. Me relaja, pero no me deja dormir. Me obliga a estar pendiente de cada movimiento suyo, disfrutando del fresco viento de tormenta a lo lejos.
Me ha hecho despertar más temprano de lo normal. Aun más temprano considerando que estos son días de descanso. Mi gato me hizo compañía durante horas tendido sobre la cama, al no poder salir a vagar por la calle mientras yo leía. Realmente extrañe una buena taza de café pero realmente podía quejarme poco. En todo el día apenas y salí unos minutos, y está por anochecer. Arrecia el viento fresco, ese que tanto amo; ese que me invita a una noche más de insomnio.
Por el otro extremo, me inquieta. Me hace desear salir a correr por la calle o por lo menos en un lugar donde pueda hacerlo libremente que a decir verdad poca atención le pondría a la opinión de las personas. Ya sabes, el clásico “está loco”. O pasear en bicicleta hasta cansarme, hasta que mis piernas no puedan más.
Muchos odian la lluvia por muchas razones. A otros les entristece los días nublados. Yo, por mi parte, los amo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario